La aventura del crculo rojo
Arthur Conan Doyle
VERSIONE ELETTRONICA - PER I NON VEDENTI - ADATTATA DA AMEDEO MARCHINI

1
-Bueno, seora Warren, no veo que tenga ningn motivo especial para
estar intranquila, ni comprendo por qu yo, puesto que m tiempo
tiene cierto valor, debera intervenir en el asunto. La verdad es
que tengo otras cosas en que ocuparme. -As dijo Sherlock Holmes, y
volvi al gran libro de apuntes en que ordenaba y clasificaba algn
material reciente.
Pero la patrona era tan pertinaz y astuta como puede serlo una
mujer. Mantuvo firmemente sus posiciones.
-Usted arregl un asunto de un husped mo el ao pasado -dijo-, el
seor Fairdale Hobbs.
-Ah, s; un asunto muy sencillo.
-Pero l no hace ms que hablar de eso, de su amabilidad, seor
Holmes, y del modo en que hizo luz en las tinieblas. Record sus
palabras cuando yo misma me encontr entre brumas y dudas. S que
usted podra si quisiera.
Holmes era accesible por el lado de la lisonja y tambin, para
hacerle justicia, por el lado de la benevolencia. Las dos fuerzas le
hicieron dejar el pincel de la goma con un suspiro de resignacin y
echar atrs su asiento.
-Bueno, bueno, seora Warren, hablemos sobre eso, entonces. No le
molesta el tabaco, me parece. Gracias, Watson, los fsforos! Est
usted inquieta, segn entiendo, porque su nuevo husped permanece en
sus habitaciones y usted no le puede ver. Bueno, seora Warren, si
yo fuera su husped muchas veces no me vera durante varias semanas.
-No lo dudo, seor Holmes, pero esto es diferente. Me da pnico; no
puedo dormir de miedo. Or sus rpidos pasos, movindose de ac para
all desde la madrugada hasta altas horas de la noche, y sin embargo
no ver ni un atisbo de l., es ms de lo que puedo soportar. Mi
marido est tan nervioso con eso como yo, pero l pasa fuera todo el
da en su trabajo, mientras que yo no tengo descanso, Por qu se
esconde? Qu ha hecho? Salvo por la chica, estoy sola en casa todo
el da con l, y es algo que mis nervios no pueden aguantar.
Holmes se inclin hacia delante y puso sus largos y flacos dedos en
el hombro de la mujer. Tena un poder tranquilizador casi hipntico
cuando lo deseaba. El susto se desvaneci de los ojos de ella, y sus
agitados rasgos volvieron a su habitual estado. Se sent en la silla
que l le indicaba.
-Si lo tomo, debo conocer todos sus detalles -dijo l-. Tmese
tiempo para considerarlo. El punto ms pequeo puede ser esencial.
Dice usted que el hombre lleg hace diez das, y le pag una
quincena de pensin y alimentacin?
-Pregunt mis condiciones, seor Holmes. Dije que cincuenta chelines
por semana. Hay un pequeo gabinete y una alcoba, todo completo, en
lo ms alto de la casa.
-Y bien?
-Dijo: Le pagar cinco libras por semana si lo puedo tener en mis
propios trminos. Yo soy pobre, seor Holmes, y mi marido gana
poco, y el dinero es muy importante para m. Sac un billete de diez
libras, y lo extendi hacia all mismo. Puede recibir lo mismo cada
quincena durante mucho tiempo si cumple mis condiciones, dijo. Si
no, no tendr que ver ms con usted.
-Cules eran las condiciones?
-Pues bien, seor Holmes, que tena que tener una llave de la casa.
Eso estaba muy bien. Los huspedes muchas veces la tiene. Tambin,
que haba que dejarle completamente solo, sin molestarle nunca, bajo
ninguna excusa.
-Nada extrao en eso, verdad?
-De un modo razonable, no, seor. Pero esto est fuera de toda
razn. Lleva all diez das y ni mi marido, ni yo, ni la chica le
hemos puesto los ojos encima una sola vez. Podemos or sus rpidos
pasos dando vueltas de un lado para otro, por la noche, de
madrugada, a medioda; pero, salvo esa primera noche, nunca ha
salido de la casa ni una vez.
-Ah, sali la primer anoche, no?
-S, seor, y volvi muy tarde., cuando ya todos estbamos en la
cama. Me dijo, despus de tomar las habitaciones, que lo hara as,
y me pidi que no pusiera la barra en la puerta. Le o subir las
escaleras pasada la medianoche.
-Pero y sus comidas?
-Dio instrucciones especiales de que siempre, cuando llamara,
debamos dejar su comida en una silla, fuera de la habitacin. Luego
vuelve a llamar cuando ha terminado, y la cogemos de la misma silla.
Si quiere alguna cosa, lo pone en letras de molde en un papel y lo
deja.
-En letras de molde?
-S, seor; en letras de molde a lpiz. Slo la palabra; nada ms.
Aqu tiene uno que le he trado: JABN. Aqu hay otro: FSFORO. Este
es el que dej esta maana: DAILY GAZETTE. Le dejo ese peridico con
el desayuno todas las maanas.
-Caramba, Watson -dijo Holmes, mirando con gran curiosidad las tiras
de papel de barba que le haba entregado la patrona-: esto s que es
un poco raro. El encierro lo puedo entender, pero por qu en letras
de molde? Es un procedimiento un poco complicado. Por qu no
escribir normalmente? Qu sugerira, Watson?
-Que deseara ocultar su letra.
-Pero por qu? Qu puede importarle que su patrona tuviera una
palabra en su letra? Sin embargo, quiz sea lo que dice usted. Pero
entonces, por qu unos mensajes tan lacnicos?
-No me lo puedo imaginar.
-Esto abre un placentero campo a la especulacin inteligente. Las
palabras estn escritas con un lpiz de clase nada rara, de punta
ancha y color violeta. Observar que el papel est roto aqu, por el
lado, despus de escribir, de modo que parte de la J de Jabn se ha
perdido. Sugerente, Watson, verdad?
-Denota precaucin.
-Exactamente. Est claro que haba alguna seal, alguna marca del
pulgar, algo que pudiera dar una clave sobre la identidad de la
persona. Bueno, seora Warren, dice usted que el hombre era de
tamao mediano, moreno y barbudo. Qu edad tendra?
-Joven, seor; no ms de treinta aos.
-Bueno, no me puede dar ms indicaciones?
-Hablaba un buen ingls, y sin embargo pens que era extranjero por
su acento.
-Iba bien vestido?
-Muy elegantemente vestido., un caballero. Ropa oscura, nada que
llamara la atencin.
-No dio nombre?
-No, seor.
-Y no ha tenido cartas o visitantes?
-Nada.
-Pero sin duda, usted o la chica entran en su cuarto por la maana.
-No, seor; l cuida de s mismo.
-Vaya!, eso s que es notable. Y su equipaje?
-Llevaba una sola maleta, grande, oscura. nada ms.
-Bueno, no veo que tengamos mucho material que nos sirva. Dice
usted que nada ha salido de ese cuarto., absolutamente nada?
La patrona sac un envoltorio de su bolso; de l, sacudi dos
fsforos quemados y una colilla de cigarrillo, y los hizo caer en la
mesa.
-Estaban en su bandeja esta maana. Los traje porque haba odo que
usted sabe leer grandes cosas en cosas pequeas.
-Aqu no hay nada -dijo-. Los fsforos, desde luego, se han usado
para encender cigarrillos. Eso se ve en lo corto del lado quemado.
Encendiendo una pipa o un cigarro se consume la mitad. Pero
caramba!, esta colilla es verdaderamente notable. Dice usted que
el caballero tena barba y bigote?
-S, seor.
-No lo entiendo. Yo dira que slo un hombre afeitado del todo poda
haber fumado esto. Bueno, Watson, incluso su modesto bigote habra
sufrido quemaduras.
-Una boquilla? -suger.
-No, no; el extremo est aplastado. Supongo que no podra haber dos
personas en sus habitaciones, seora Warren.
-No, seor. Come tan poco, que muchas veces me extraa que pueda
conservar la vida de una sola persona.
-Bueno, creo que debemos esperar a tener un poco ms de material.
Despus de todo, usted no tiene de que quejarse. Ha recibido su
renta, y no es un husped molesto, aunque ciertamente es raro. Paga
bien, y si decide vivir oculto, no es asunto que le incumba
directamente a usted. No tenemos excusa para invadir su vida privada
mientras no tengamos razones para pensar que hay un motivo culpable.
Yo acepto el asunto y no lo perder de vista. Infrmeme si ocurre
algo nuevo, y confe en mi asistencia si hace falta.
Ciertamente hay algunos puntos de inters en este caso, Watson
-observ, cuando se march la patrona-. Claro que quiz sea trivial,
una excentricidad individual; o quiz sea mucho ms profundo de lo
que parece a primera vista. Lo primero que se le ocurre a uno es la
posibilidad obvia de que la persona que est ahora en las
habitaciones sea diferente de la que las tom.
-Por qu piensa eso?
-Bueno, aparte de esta colilla, no resulta curioso que la nica vez
que sali el husped fuera inmediatamente despus de tomar las
habitaciones? Volvi -o alguien volvi-cuando todos los testigos
estaban alejados. No tenemos pruebas de que la persona que volvi
fuera la que sali. Luego, adems, el hombre que tom las
habitaciones hablaba bien el ingls. Este otro, en cambio, escribe
fsforo cuando deba ser fsforos. Puedo imaginar que sac la
palabra de un diccionario, que da el sustantivo, pero no el plural.
el estilo lacnico puede ser para ocultar la falta de conocimiento
del ingls. S, Watson, hay buenas razones para sospechar que ha
habido una sustitucin de huspedes.
-Pero con que posible fin?
-Ah!, ah est nuestro problema. Hay una sola lnea evidente de
investigacin. -Baj el gran libro en que, da tras da, ordenaba
los anuncios personales de los diversos diarios de Londres-.
Vlgame Dios! -dijo, pasando las hojas-, qu coro de gemidos,
gritos y balidos! Qu mezcla de sucesos extraos! Pero sin duda es
el terreno de caza ms valioso que le ha sido dado nunca a un
estudioso de lo inslito. Esta persona est sola, y no se la puede
abordar por carta sin romper el absoluto secreto que se desea. Cmo
le va a llegar de fuera una noticia o un mensaje? Obviamente, por un
anuncio en un peridico. No parece haber otro camino, y por suerte
slo tenemos que ocuparnos de un peridico. Aqu estn los recortes
de la Daily Gazette de la ltima quincena: Seora con boa negro en
el Club de Patinaje Prince's, eso lo podemos pasar. Sin duda Jimmy
no le partir el corazn a su madre; esto parece que no viene a
cuento. Si la seora que se desmay en el autobs de Brixton..no
me interesa. Todos los das mi corazn anhela. Un balido, Watson,
un balido sin disimulo. Ah! esto es un poco ms probable: Ten
paciencia. Encontrar algn medio de comunicacin. Mientras, esta
columna. G. Esto es dos das despus de que llegara el husped de
la seora Warren. Parece plausible, no? El misterioso ser podra
entender ingls aunque no pudiera escribirlo. Vamos a ver si
encontramos otra vez el rastro. S, aqu estamos, tres das despus.
Hago arreglos con xito. Paciencia y prudencia. Pasar la nube. G.
Nada en una semana despus de esto. Luego viene algo mucho ms
claro: El camino se despeja. Si encuentro oportunidad de mensaje
por seales recuerda cdigo convenido; uno A, dos B, etctera.
Pronto sabrs. G. Eso estaba en el peridico de ayer, y no hay nada
en el de hoy. Todo esto concuerda bastante con el husped de la
seora Warren. Si esperamos un poco, Watson, no dudo que el asunto
se har ms comprensible.
Y as result: pues por la maana encontr a mi amigo de pie, ante
la chimenea, de espaldas al fuego y con una sonrisa de completa
satisfaccin en la cara.
-Qu tal esto, Watson? -exclam, tomando el peridico de la mesa-.
Casa alta roja con molduras de piedra blanca. Tercer piso. Segunda
ventana a la izquierda. Despus del oscurecer. G. Eso est bastante
claro. Creo que despus de desayunar debemos hacer una pequea
exploracin del barrio de la seora Warren. Ah, seora Warren, qu
noticias nos trae esta maana?
Nuestra cliente haba irrumpido en el cuarto con una energa
explosiva, que prometa algn acontecimiento nuevo e importante.
-Es cosa para la polica, seor Holmes! -exclam-. No quiero saber
nada ms de esto! Que se marche con su equipaje. Iba a subir a
decrselo sin ms, slo que pens que era mejor pedir primero su
opinin. Pero mi paciencia ha llegado a su lmite, y cuando se llega
a golpear al marido de una.
-Golpear al seor Warren?
-En todo caso, tratarle mal.
-Pero quin le ha tratado mal?
-Ah! Eso es lo que queremos saber! Fue esta maana, seor Holmes.
Mi marido es cronometrador en Morton y Waylight's, en Tottenham
Court Road. Tiene que salir de casa antes de las siete. Pues bien,
esta maana, no haba dado diez pasos en la calle cuando dos hombres
le fueron por detrs, le echaron un abrigo por la cabeza y le
metieron en un coche de punto que estaba junto a la acera. Le
llevaron una hora en el coche, y luego abrieron la puerta y le
arrojaron fuera. Se qued en la calzada tan trastornado que no vio
qu se haca del coche. Cuando pudo dominarse, se dio cuenta de que
estaba en Hampstead Heath; as que tom un mnibus hasta casa, y ah
est, tumbado en el sof, mientras yo vena en seguida a contarle lo
que ha pasado.
-Muy interesante -dijo Holmes-. Observ el aspecto de esos
hombres?, les oy hablar?
-No, est aturdido. Slo sabe que le arrebataron como por arte de
magia y le dejaron caer del mismo modo. Haba por lo menos dos en el
asunto, o quiz tres.
-Y usted relaciona este ataque con su husped?
-Bueno, llevamos viviendo ah quince aos y nunca nos ha pasado tal
cosa. Ya estoy harta de l. El dinero no lo es todo. Le har salir
de mi casa antes que termine el da.
-Espere un poco, seora Warren. No se precipite. Empiezo a creer que
este asunto puede ser mucho ms importante de lo que pareca a
simple vista. Ahora est claro que algn peligro amenaza a su
husped. Est igualmente claro que sus enemigos, acechando en su
espera junto a su puerta, le confundieron con su marido en la luz
neblinosa de la maana. Al descubrir su error, le soltaron. Qu
habran hecho si no hubiera sido un error, slo podemos hacer
conjeturas.
-Qu tengo que hacer, seor Holmes?
-Tengo muchas ganas de ver a ese husped suyo, seora Warren.
-No veo cmo pueda conseguirlo, a no ser que eche abajo la puerta.
Siempre le oigo quitar la llave mientras bajo la escalera despus de
dejar la bandeja.
-Tiene que meter la bandeja. Sin duda podramos ocultarnos y verle
actuar.
-Bueno, seor, enfrente est el cuarto de los bales. Podra poner
un espejo, quiz, y si usted estuviera detrs de la puerta.
-Excelente! -dijo Holmes-. A qu hora almuerza?
-Hacia la una, seor Holmes.
-Entonces, el doctor Watson y yo nos daremos una vuelta. Por el
momento, seora Warren, adis.
A las doce y media estbamos en la entrada de la casa de la seora
Warren, un edificio alto, estrecho, de ladrillo amarillo, en Great
Orme Street, estrecho pasadizo al nordeste del British Museum. Como
queda cerca de la esquina de la calle, domina Howe Street, con sus
casas ms pretenciosas. Holmes seal con una risita una de ellas,
una serie de pisos residenciales, que se destacaba tanto que no
poda menos de llamar la atencin.
-Vea, Watson! -dijo-. Casa alta, roja, con molduras de piedra.
Esa es la estacin de seales, sin duda. Conocemos el lugar y
conocemos el cdigo; nuestra tarea debera ser simple. Hay en esa
ventana un rtulo de Se Alquila. Evidentemente es un piso vaco al
que tiene acceso el cmplice. Bueno, seora Warren, qu ms?
-Se lo tengo todo preparado. Si suben y dejan las botas en el
descansillo, les llevar all en seguida.
Era un escondite excelente el que haba arreglado. El espejo estaba
puesto de tal modo que, sentados en la oscuridad, podamos ver
claramente la puerta de enfrente. Apenas nos habamos instalado
all, y se haba marchado la seora Warren cuando un claro
campanilleo nos hizo saber que llamaba nuestro misterioso vecino. Al
fin apareci la patrona con la bandeja, la dej en una silla junto a
la puerta cerrada, y luego, pisando pesadamente, se march.
Acurrucados en el ngulo de la puerta, mantenamos los ojos fijos en
el espejo. De repente, mientras dejaban de orse los pasos de la
patrona, hubo un rechinar de la llave, gir el pestillo, y dos manos
delgadas salieron disparadas y levantaron la bandeja de la silla. Un
momento despus la volvan a poner, y vi un atisbo de una cara
morena, hermosa, horrorizada, que miraba fijamente a la estrecha
apertura del cuarto de los bales. Luego, la puerta se cerr de
golpe, la llave volvi a girar, y todo fue silencio. Holmes me tir
de la manga y nos deslizamos juntos escaleras abajo.
-Volver a verla esta noche -dijo a la expectante patrona-. Creo,
Watson, que podremos discutir mejor este asunto en nuestra propia
residencia.
-Mi sospecha, como ha visto, ha resultado ser correcta -dijo l
luego, hablando desde las profundidades de su butaca-. Ha habido una
sustitucin de huspedes. Lo que no prev es que encontrramos una
mujer, y una mujer nada corriente, Watson.
-Ella nos vio.
-Bueno, vio algo que la alarm. Eso es seguro. La sucesin general
de acontecimientos est bastante clara, verdad? Una pareja busca en
Londres refugio contra un peligro terrible y muy apremiante. La
medida de ese peligro es el rigor de sus precauciones. El hombre,
que tiene algn trabajo que hacer, desea dejar a la mujer en
absoluta seguridad mientras lo hace. No es un problema fcil, pero
lo ha resuelto de modo original, y tan eficazmente que la presencia
de ella no era conocida ni por la patrona que le da su alimento. Los
mensajes en letras de molde est claro que eran para evitar que su
letra revelara su sexo. El hombre no puede acercarse a la mujer,
pues guiara a sus enemigos hacia ella. Como no puede comunicarse
con ella directamente, recurre a los anuncios personales de un
peridico. Hasta ah, todo est claro.
-Pero qu hay en la base de todo?
-Ah, s, Watson: severamente prctico, como de costumbre! Qu hay
en la base de todo? El caprichoso problema de la seora Warren se
ensancha un poco y toma un aspecto ms siniestro conforme avanzamos.
Esto s que lo puedo asegurar: no es una escapada amorosa corriente.
Ya vio la cara de la mujer ante las seales de peligro. Hemos sabido
tambin del ataque contra el patrn, que sin duda iba contra el
husped. Estas alarmas, y la desesperada necesidad de secreto,
indican que el asunto es de vida o muerte. El ataque contra el seor
Warren hace pensar adems que el enemigo, quienquiera que sea, no se
ha dado cuenta de la sustitucin del husped masculino por el
femenino. Es muy curioso y complejo, Watson.
-Por qu se va a meter ms en ello? Qu puede sacar de eso?
-Por qu, en efecto? Es el Arte por el Arte, Watson. Supongo que
cuando usted se doctor se encontr estudiando casos sin pensar en
los honorarios, no?
-Para mi educacin, Holmes.
-La educacin no se termina nunca, Watson. Es una serie de
lecciones, de las cuales las ms instructivas son las ltimas. Este
es un caso instructivo. No hay en l dinero ni prestigio, y sin
embargo a uno le gustara ponerlo en claro. Cuando anochezca nos
deberamos hallar en una etapa ms avanzada de nuestra
investigacin.
Cuando volvimos a casa de la seora Warren, la oscuridad de un
anochecer invernal de Londres se haba espesado en una cortina gris,
en una muerta monotona de color, rota slo por los ntidos
cuadrados amarillos de las ventanas y los halos borrosos de los
faroles de gas. Atisbando desde el saln oscurecido de la pensin,
otra plida luz brill, alta, en la oscuridad.
-Alguien se mueve en ese cuarto -dijo Holmes, en un susurro, con su
cara macilenta y ansiosa tendida hacia el cristal-. S, veo su
sombra. Ah est otra vez! Tiene una vela en la mano. Ahora
escudria al otro lado. Quiere estar seguro de que ella est alerta.
Ahora empieza a destellar. Tome el mensaje usted tambin, Watson,
que lo confrontaremos uno con otro. Un nico destello, eso es A, sin
duda. Bueno, ahora. Cuntos ha contado? Veinte. Yo tambin. Seguro
que se es el comienzo de otra palabra. Ahora -TENTA. Se acab.
Puede ser eso todo, Watson? ATTENTA no tiene sentido. Ni vale en
tres palabras: AT-TEN-TA. Ah va otra vez! Qu es eso? ATTE. vaya,
el mismo mensaje otra vez. Curioso, Watson, muy curioso! Ahora
empieza otra vez: AT. vaya, lo repite por tercera vez. ATTENTA tres
veces! Cuntas veces lo va a repetir? No, parece que sea el final.
Se ha retirado de la ventana. Qu piensa de eso, Watson?
-Un mensaje en cifra, Holmes.
Mi compaero lanz una sbita risa de comprensin.
-Y no es una cifra muy difcil, Watson -dijo-. Vaya, claro, es
italiano! El mensaje va dirigido a una mujer Atenta! Ten cuidado!
Qu tal, Watson?
-Creo que ha acertado.
-Sin duda. Es un mensaje muy urgente, repetido tres veces para
hacerlo an ms apremiante; atenta a qu? Espere un poco; otra vez
vuelve a la ventana.
Al renovarse las seales, vimos otra vez la vaga silueta de un
hombre acurrucado y el fulgor de la pequea llama por la ventana.
Eran ms frecuentes que antes; tanto que era difcil seguirlas.
-PERICOLO. Eh, qu es eso, Watson? Peligro, verdad? S, es una
seal de peligro. Ah va otra vez. Hola, qu demonios pasa.
La luz se haba extinguido de repente, haba desaparecido el
cuadrado luminoso de la ventana, y el tercer piso formaba una banda
oscura en torno al alto edificio, con sus filas de ventanas
brillantes. El ltimo grito de aviso haba quedado cortado de
pronto. Cmo, y por quin? En el mismo instante se nos ocurri la
misma idea. Holmes se levant de un salto del lugar donde estaba
acurrucado, junto a la ventana.
-Esto es serio, Watson -exclam-. Hay algo diablico en marcha. Por
qu iba a detenerse tal mensaje a medio camino? Yo pondra a
Scotland Yard en contacto con este asunto. pero es demasiado
apremiante para que nos marchemos.
-Voy a llamar a la polica?
-Tenemos que definir la situacin de un modo un poco ms claro. A lo
mejor admite alguna interpretacin ms inocente. Vamos, Watson,
crucemos nosotros mismos al otro lado a ver qu sacamos de ello.

2
Caminando rpidamente por Howe Street me volv para mirar el
edificio que habamos dejado. All, vagamente perfilada en la
ventana ms alta, vi la sombra de una cabeza, una cabeza de mujer,
mirando tensamente, con rigidez, a la noche, esperando en suspenso,
casi sin aliento, la continuacin de ese mensaje interrumpido. En la
puerta de los pisos de Howe Street, un hombre, embozado en un
plastrn y un gabn, estaba apoyado en la verja. Se sobresalt
cuando la luz del vestbulo nos dio en la cara.
-Holmes! -grit.
-Vaya, Gregson! -dijo mi compaero, dando la mano al detective de
Scotland Yard-. Fin del viaje con encuentro de enamorados. Qu le
trae por aqu?
-Lo mismo que a usted, espero -dijo Gregson-. Cmo ha llegado usted
a esto?, no puedo imaginarlo.
-Diferentes hilos, pero que llevan al mismo enredo. He estado
recibiendo las seales.
-Las seales?
-S, desde esa ventana. Se interrumpieron a la mitad. Pasamos ac a
ver por qu razn. Pero puesto que est a salvo en sus manos, no veo
de qu sirve continuar el asunto.
-Espere un poco! -grit Gregson, con empeo-. Le he de hacer
justicia, seor Holmes; nunca he tenido un caso en que no me
sintiera ms fuerte por contar con usted a mi lado. Hay slo una
salida de estos pisos, as que le tenemos seguro.
-Quin es l?
-Bueno, bueno, por una vez le llevamos ventaja, seor Holmes. Tiene
que reconocernos como mejores esta vez. -Golpe fuertemente el suelo
con el bastn, a lo cual un cochero de punto, ltigo en mano, se
acerc desde un coche de cuatro ruedas en que estaba al otro lado de
la calle-. Este es el seor Leverton, de la Agencia American
Pinkerton's.
-El hroe del misterio de la cueva de Long Island? -dijo Holmes-.
Encantado de conocerle.
El americano, un joven tranquilo, con aire prctico, y de cara
afilada y bien afeitada, se ruboriz ante esas palabras de elogio.
-Estoy sobre la pista de mi vida, seor Holmes -dijo-. Si puedo
encontrar a Gorgiano.
-Cmo! Gorgiano el del Crculo Rojo?
-Ah, tiene fama en Europa, entonces? Bueno, en Amrica lo sabemos
todo de l. Sabemos que est en la base de cincuenta asesinatos, y
sin embargo no tenemos nada positivo con que cazarle. Voy detrs de
l desde Nueva York, y le he seguido de cerca durante una semana en
Londres, esperando alguna excusa para echarle la mano al cuello. El
seor Gregson y yo le hemos acorralado en esa gran casa de pisos, y
hay slo una puerta, as que no se nos puede escapar. Han salido
tres personas desde que entr, pero jurara que no era ninguna de
ellas.
-El seor Holmes habla de seales -dijo Gregson-. Espero que, como
de costumbre, sepa cosas que nosotros no sabemos.
En pocas palabras, Holmes explic la situacin tal como nos ha
aparecido. El americano dio una palmada, consternado.
-Va contra nosotros! -exclam.
-Por qu lo cree as?
-Bueno, eso parece, no? Ah est, enviando mensajes a un cmplice;
hay en Londres varios de su banda. Luego, de repente, cuando, segn
lo que cuenta, les deca que haba peligro, se interrumpi. Qu
poda significar eso sino que desde la ventana haba visto que
estbamos en la calle, o que haba comprendido lo cerca que estaba
el peligro, y que deba actuar en seguida para evitarlo? Qu
sugiere, seor Holmes?
-Que subamos en seguida y lo veamos con nuestros propios ojos.
-Pero no tenemos orden de detencin.
-Est el local desalquilado en circunstancias sospechosas -dijo
Gregson-. Eso basta por el momento. Una vez que lo tengamos sujeto
ya veremos si Nueva York puede o no ayudarnos a retenerle. Yo
asumir la responsabilidad de detenerle ahora.
Nuestros detectives oficiales pueden fallar en cuestin de
inteligencia, pero nunca de valenta. Gregson subi por la escalera
para detener a ese asesino desesperado, con el mismo aire
absolutamente tranquilo y de negocios con que habra subido la
escalera de Scotland Yard. El agente de Pinkerton haba tratado de
adelantrsele de un empujn, pero Gregson le ech atrs firmemente
con el codo. Los peligros de Londres son privilegio de la polica de
Londres.
En el tercer descansillo, la puerta del piso de la izquierda estaba
entreabierta. Gregson la abri de un empujn. Dentro, todo era
silencio y oscuridad. Encend un fsforo, y prend la linterna del
detective. Cuando el chisporroteo se afirm en una llama, todos
lanzamos un grito de sorpresa. En las tablas del suelo sin alfombra
se destacaba una reciente traza de sangre. Los pasos ensangrentados
apuntaban hacia nosotros, y salan de un cuarto interior, cuya
puerta estaba cerrada. Gregson la abri de una sacudida y sostuvo
por delante la luz, mientras todos escudribamos ansiosos sobre sus
hombros.
En medio del suelo del cuarto vaco apareci la figura de un hombre
enorme, con su cara morena y bien afeitada contorsionada de modo
grotesco y horrible, y con la cabeza rodeada por un espectral halo
carmes de sangre, tendido en un ancho crculo mojado sobre las
blancas tablas. Tena las rodillas enhiestas y las manos extendidas
con angustia, y del centro de su ancha garganta morena, levantada
hacia arriba, surga el mango blanco de un cuchillo con toda la hoja
metida en su cuerpo. Gigantesco como era, el hombre deba haber
cado como un buey en el matadero bajo ese terrible golpe. Junto a
su mano derecha, haba en el suelo un tremendo pual de doble filo y
mango de cuerno, y al lado, un guante negro de cabritilla.
-Caramba! Es Gorgiano el Negro en persona! -exclam el detective
americano-. Alguien se nos ha adelantado esta vez.
-Ah est la vela en la ventana, seor Holmes -dijo Gregson-. Pero
qu hace?
Holmes haba ido al otro lado, haba encendido la vela, y la estaba
pasando de un lado a otro a travs de los cristales de la ventana.
Luego atisb en la oscuridad, apag la vela de un soplo, y la tir
al suelo.
-Creo ms bien que eso ser til -dijo. Se acerc y se qued
profundamente pensativo, mientras los dos profesionales examinaban
el cadver-. Dice usted que tres personas ms salieron de la casa
mientras usted esperaba abajo -dijo, por fin-. Las observ bien?
-S.
-Haba un hombre de unos treinta aos, de barba negra, moreno, de
tamao mediano?
-S, fue el ltimo en pasar delante de m.
-Ese es su hombre, me parece. Puedo darle su descripcin, y tenemos
un excelente perfil de su huella. Eso debera bastarle.
-No es mucho, seor Holmes, entre los millones de habitantes de
Londres.
-Quiz no. Por eso me pareci lo mejor convocar a esta seora en su
ayuda.
Nos volvimos todos ante esas palabras. All, enmarcada en el umbral,
haba una mujer alta y bella: la misteriosa husped de Bloomsbury.
Avanz lentamente, con la cara plida y tensa a causa del terrible
temor, los ojos fijos, y su mirada aterrorizada clavada en la oscura
figura tendida en el suelo.
-Le han matado! -murmur-. Oh, Dios mo, le han matado!
Entonces o que tomaba aliento, profundamente, y dio un salto con un
grito de alegra. Dando vueltas al cuarto, danz dando palmadas, con
sus ojos oscuros fulgurando en asombro, felicidad, y con mil bonitas
exclamaciones italianas en los labios. era terrible y sorprendente
ver a tal mujer tan convulsa de alegra ante semejante espectculo.
De repente se detuvo y nos mir con ojos interrogantes.
-Pero ustedes! Ustedes son de la polica! no es verdad? Ustedes
han matado a Guiseppe Gorgiano. No es verdad?
-Somos de la polica, seora.
Mir en torno suyo, a las sombra del cuarto.
-Pero entonces, dnde est Gennaro? -pregunt-. Es mi marido,
Gennaro Lucca. Yo soy Emilia Lucca, y somos de Nueva York. Dnde
est Gennaro? Me acaba de llamar desde esta ventana y he venido a
toda prisa.
-Fui yo quien llam -dijo Holmes.
-Usted! Cmo pudo?
-Su cifra no era difcil, seora. Su presencia aqu era necesaria.
Saba que slo tena que transmitir con la luz VIENI para que usted
viniera.
La hermosa italiana mir con respeto a mi compaero.
-No comprendo cmo sabe esas cosas -dijo-. Guiseppe Gorgiano. cmo
pudo. -se detuvo; luego, de repente, su cara se ilumin de orgullo y
placer-. Ya lo veo! Mi Gennaro! Mi esplndido, mi hermoso
Gennaro, que me ha conservado a salvo de todo dao, lo hizo; con su
propia mano fuerte mat al monstruo! Ah, Gennaro, qu estupendo
eres! Qu mujer puede merecer a tal hombre?
-Bueno, seora Lucca -dijo el prosaico Gregson, poniendo la mano en
la manga de la seora con tan poco sentimiento con si ella fuera un
chulo de Notting Hill-, todava no tengo muy claro quin es usted o
qu es usted, pero ha dicho bastante como para dejar en claro que la
vamos a necesitar en Scotland Yard.
-Un momento, Gregson -dijo Holmes-. Me parece que esta seora puede
tener tantos deseos de proporcionarnos informacin como nosotros de
recibirla. Comprende usted, seora, que su marido ser detenido y
juzgado por la muerte del hombre que tenemos delante? Lo que diga
usted puede ser utilizado en el proceso. Pero si usted piensa que ha
actuado por motivos que no son criminales, y que l querra que se
conocieran, entonces no puede ayudarle mejor que contndonos toda la
historia.
-Ahora que Gorgiano ha muerto, no tenemos nada -dijo la seora-. Era
un demonio y un monstruo, y no puede haber juez en el mundo que
castigue a mi marido por haberle matado.
-En ese caso -dijo Holmes-, sugiero que cerremos esta puerta, que
dejemos las cosas como las encontramos, que vayamos con esta seora
a sus habitaciones y que formemos nuestra opinin despus de or lo
que tenga que decirnos.
Media hora despus estbamos sentado los cuatro en el pequeo
gabinete de la signora Lucca, oyendo su notable relato sobre esos
siniestros acontecimientos, cuyo final habamos presenciado por
casualidad. Hablaba en un ingls rpido y fluido, pero nada
convencional, que no intentaremos imitar:
-Nac en Posilipo, cerca de Npoles -dijo-, hija de Augusto Barelli,
que era el abogado ms importante, y que en una ocasin fue diputado
de esa comarca. Gennaro era empleado de mi padre, y me enamor de
l, como tiene que amarle toda mujer. No tena dinero ni posicin,
as que mi padre prohibi el matrimonio. Escapamos juntos, nos
casamos en Bari y vend mis joyas para obtener el dinero con que
llegar a Amrica. eso fue hace cuatro aos, y desde entonces hemos
estado en Nueva York.
Al principio, la fortuna fue muy buena con nosotros. Gennaro pudo
hacer un favor a un caballero italiano -le salv de unos rufianes en
un sitio llamado la Bowery, haciendo as un amigo poderoso. Se
llamaba Tito Castalotti, y era el principal socio de la firma
Castalotti y Zamba, que son los mayores importadores de fruta de
Nueva York. El seor Zamba est invlido, y nuestro nuevo amigo
Castalotti tena poder en toda la firma, que emplea ms de
trescientos hombres. Dio empleo a mi marido, le hizo jefe de un
departamento y le mostr su buena voluntad en todos los sentidos. El
seor Castalotti era soltero, y creo que senta que Gennaro era como
su hijo, y tanto mi marido como yo le queramos como si fuera
nuestro padre. Habamos tomado y amueblado una casita en Brooklyn, y
nuestro porvenir pareca asegurado, cuando apareci una nube negra
que pronto iba a cubrir nuestro cielo.
Una noche, al volver del trabajo, Gennaro trajo a un paisano con
l. Se llamaba Gorgiano y tambin era de Posilipo. Era un hombre
enorme, como saben, pues han visto su cadver. No slo tena cuerpo
de gigante, sino que todo en l era gigantesco, enorme, aterrador.
Su voz era como un trueno en nuestra casita. Apenas haba sitio para
sus braceos cuando hablaba. Sus pensamientos, sus emociones, sus
pasiones, eran todas exageradas y monstruosas. Hablaba, o ms bien
ruga, con tal emocin que los dems no podan sino quedarse
escuchando, acobardados por aquel poderoso torrente de palabras. Era
un hombre terrible y extrao. Gracias a Dios que est muerto!
Volvi una y otra vez. Pero yo me daba cuenta de que Gennaro no
estaba ms contento que yo con su presencia. Mi pobre marido se
quedaba sentado, plido y nervioso, escuchando su inacabable delirio
sobre poltica y cuestiones sociales. Gennaro no deca nada, pero
yo, que le conoca tan bien, pude leer en su rostro una emocin que
nunca haba visto en l. Al principio cre que era rencor. Y luego,
poco a poco, comprend que era algo ms: era miedo, un miedo
profundo, secreto, penetrante. Esa noche, que advert su terror, le
abrac y le implor por su amor y por todo lo que quera que no me
ocultara nada, y que me contara por qu ese hombre enorme le
abrumaba tanto.
El me lo cont, y mi corazn se sinti fro como el hielo al
escucharlo. Mi pobre Gennaro, en sus das locos y encendidos, cuando
todo el mundo pareca estar contra l y su mente estaba medio
desquiciada por las injusticias de la vida, se haba unido a una
sociedad napolitana, el Crculo Rojo, que estaba en relacin con los
antiguos Carbonarios. Los juramentos y secretos de esa fraternidad
eran terribles; pero una vez bajo su dominio no era posible escapar.
Cuando huimos a Amrica, Gennaro crey que se los haba quitado de
encima para siempre. Cul fue su horror una noche al encontrar por
la calle al mismo hombre que le haba iniciado en Npoles, el
gigante Gorgiano, un hombre que se haba ganado el sobrenombre de
"Muerte" en el Sur de Italia, pues estaba teido hasta los codos en
crimen! Haba llegado a Nueva York para evitar a la polica
italiana, y ya haba plantado una rama de esa terrible sociedad en
su nuevo pas. Todo esto me dijo Gennaro, y me enseo una
convocatoria que haba ese mismo da, con un Crculo Rojo en el
encabezamiento, dicindole que se iba a convocar una reunin en una
determinada fecha, y que se ordenaba y requera su presencia.
Eso ya era bastante malo, pero an faltaba lo peor. Yo haba notado
que desde haca algn tiempo que cuando Gorgiano vena a vernos,
segn sola, al anochecer, me hablaba mucho a m; y aun cuando sus
palabras fueran para mi marido, esos terribles ojos, bestiales y
fulgurantes, siempre se dirigan a m. Una noche revel su secreto.
Yo haba despertado en l lo que llamaba "amor"; el amor de un
bruto, de un salvaje. Cuando Gennaro no haba vuelto todava, el
lleg. Se abri paso a empujones, me agarr con sus poderosos
brazos, me abraz con su abrazo de oso, me cubri de besos y me
implor que me escapara con l. Yo estaba luchando y chillando
cuando entr Gennaro y le atac. El dej sin sentido a Gennaro de un
golpe y huy de la casa, donde nunca ms entrara. Esa noche hicimos
un enemigo mortal.
Pocos das despus tuvo lugar la reunin. Gennaro volvi de ella
con una cara tan sombra que comprend que haba ocurrido algo
terrible. Era peor de lo que yo poda haber imaginado. Los fondos de
la sociedad se recaudaban por medio de chantaje a italianos ricos a
los que se amenazaba cuando rehusaban pagar. Parece que haban
abordado a Castalotti, nuestro querido amigo y protector. El se
haba negado a ceder a las amenazas, y haba entregado los avisos a
la polica. En la reunin se acord que l y su casa deban ser
volados con dinamita. Echaron a suertes quin haba de realizarlo.
Gennaro vio la cruel cara de nuestro enemigo sonrindole cuando
meti la mano en la bolsa. Sin duda lo haban arreglado previamente
de algn modo, pues fue el fatal disco, con el Crculo Rojo, lo que
sac en la mano. Tena que matar a su mejor amigo o exponerse l
mismo y a m a la venganza de sus camaradas. Era parte de su
demonaco sistema castigar a quienes teman u odiaban daando no
slo a sus personas, sino a sus seres queridos, y el saberlo era lo
que penda con terror sobre la cabeza de mi pobre Gennaro y lo que
casi le enloqueca de temor. Toda esa noche velamos juntos,
abrazados, fortalecindonos mutuamente para las dificultades que
tenamos por delante. La noche siguiente era la fijada para el
intento. A medioda, mi marido y yo estbamos de camino para
Londres, pero no sin antes avisar a nuestro bienhechor del peligro,
y dejar tambin a la polica la informacin que protegiera su vida
en el futuro.
Lo dems, caballeros, ya lo saben por ustedes mismos. Estbamos
seguros de que nuestros enemigos nos seguiran como nuestras
sombras. Gorgiano tena sus razones particulares para vengarse, pero
adems sabamos lo inexorable, astuto e incansable que poda ser.
Italia y Amrica estaban llenas de historias de su temible poder.
Ahora sera cuando se ejerciera del todo. Mi marido emple los pocos
das sin peligro que habamos conseguido con nuestra fuga en
buscarme un refugio para poder estar a cubierto de cualquier riesgo.
Por su parte, l deseaba estar libre para poder comunicar con la
polica americana y la italiana. Yo misma no s dnde viva, ni
cmo. Lo nico que saba era por los anuncios de un peridico. Pero
una vez, mirando por la ventana, vi dos italianos observando la
casa, y comprend que Gorgiano haba encontrado de algn modo
nuestro refugio. Finalmente, Gennaro me dijo, por el peridico, que
me hara seales desde una ventana, pero cuando llegaron, las
seales no fueron ms que alertas, que se interrumpieron de pronto.
Ahora veo claro que l saba que Gorgiano le segua de cerca, y
gracias a Dios! estaba preparado para cuando llegara. Y ahora,
caballeros, les preguntara si tenemos algo que temer de la
justicia, o si algn juez en el mundo condenara a mi Gennaro por lo
que ha hecho.
-Bueno, seor Gregson -dijo el americano, mirando al inspector-, no
s cul ser su punto de vista britnico, pero supongo que en Nueva
York el marido de esta seora recibira una muestra de
agradecimiento casi general.
-Tendr que venir conmigo a ver al jefe -respondi Gregson-. Si se
confirma lo que dice, creo que ni ella ni su marido tienen mucho que
temer. Pero lo que no puedo entender en absoluto, seor Holmes, es
cmo demonios se ha mezclado usted tambin en el asunto.
-Por la educacin, Gregson, por la educacin. Sigo buscando
conocimientos en la vieja universidad. Bueno, Watson, ya tiene otra
muestra ms de lo trgico y lo grotesco que aadir a su coleccin.
Por cierto, no son las ocho, y es una noche de Wagner en Covent
Garden? Si nos damos prisa, podemos llegar a tiempo para el segundo
acto.
